lunes, 4 de marzo de 2013

Ayer soñé que era un pájaro libre.


Toda crítica emitida sin reflexión previa, no es más que un juicio sin sentido.
Cuando vemos el mundo desde una sola perspectiva, la nuestra, todo lo que nos rodea se convierte en objeto de juicio y con ello, nuestra percepción se distorsiona, sentimos desconfianza hacía lo desconocido. Nos vemos perdidos en la sociedad del riesgo, la sociedad del miedo.
Juzgamos a los demás, porque no nos vemos a nosotros mismos.

Ayer soñé, soñé que volaba. Bajo mis pies había una inmensa plaza, llena hasta los topes de gente. Una situación que de haberla vivido, habría hecho aflorar mi claustrofobia, porque… admitámoslo, todos tenemos una.
Volaba y veía grupos de personas, cada cual sentado en su círculo, cada uno en su burbuja, con su gente, pero compartiendo el espacio. Algunos vagabundeaban de uno a otro.
Había círculos que se entrecruzaban, otros se aislaban. Como las estrellas, formando su propia constelación. Universos paralelos que se entrelazaban.
Tenía esa imagen ante mí, la observaba desde la distancia, ajena a todo, pero presente.
Terminé por aterrizar en aquél espacio.
Estaba sola, pero me sentía acompañada, no tenía miedo de nada ni de nadie. No había nada en el ambiente que pudiese alterar mis sentidos. Vagabundeaba y observaba.

Me sentía bien, me sentía en paz.

Cuando te alejas del barullo, y consigues ver la vida desde otra perspectiva, el “todo” se convierte en la cosa más sencilla del mundo. Y se disfruta.

Para volar, solo hace falta romper con aquello que te ata. Rompiendo con tus limitaciones mentales y físicas, rompiendo con tus miedos, consigues ser libre y ver la vida de otra manera. Quizás para sentirte mejor contigo mismo y con los que te rodean. O no, quizás solamente para sentir, sin más.


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