sábado, 6 de abril de 2013

Aleph. Vuelvo a ser yo, en equilibrio.


El aleph..
Donde deja de existir el tiempo; y el lugar deja de ser un limite en el espacio.
Donde la mente y el cuerpo aprenden a volar.
Donde el mundo se convierte en tu propio mundo, controlas tu realidad.
Decidiendo con quien compartir cada momento, para hacerlo tuyo y disfrutarlo.
Donde la vida se torna sencilla, simple, sin complicaciones, sin presión.
Donde el objetivo es aliviar las tensiones del cuerpo; y reventar las ideas falseadas de tu mente, creadas a partir del bombardeo de imágenes prefabricadas que nos rodean.
Donde la energía fluye, sin más.

Después de pensar un rato sobre esto, solo necesité unas pocas palabras para darme cuenta que algo se estaba removiendo por dentro.

Todo en su justa medida, todo a su debido tiempo.
Creciendo, pero buscando un casi equilibrio constante, o intentándolo al menos.
Cuando la situación se nos va de las manos, es cuando vemos que la distancia de nuestra cara contra el suelo está a punto de ser nula. Es entonces cuando abrimos los ojos más que nunca para abarcar todas las imágenes posibles en el microsegundo antes de rompernos los dientes.
Como si de un giff de nuestra vida se tratase.
Una imagen tras otra, como una presentación de diapositivas a toda ostia pasando casi a la vez.
Nos damos cuenta de nuestros fallos, de nuestros anhelos, de como estamos llevando nuestros días.
A veces nos sentimos bien con lo que hacemos y como lo hacemos, otras... no tanto.


No dejo de darle vueltas. No dejo de pensar porque mi cabeza se entrecorta y mis sentidos se empeñan en cerrarme puertas, en ponerme límites, en robarme experiencias.
¿Porque no puedo ser capaz de sacar lo que asfixia mis pulmones?
No entiendo porque me empeño en neutralizar mi existencia.
Con lo fácil y sencilla que puede llegar a ser la vida. Sintiendo, sin más.
Cárceles del pensamiento, cárceles de expresión, cárceles de sentimientos. Maldita cárcel de emociones, te odio, odio a tus barrotes, a tus cadenas, a tus anclas, te odio a ti. Odiando me entran ganas de escupirte fuego en la cara, quemarte las pestañas y dejarte marcada mi rabia en forma de sello.

Odio la maldita represión, me odio. Amo lo que no debería, y los deberes básicos me dan mala onda.

Odio no saber pedir ayuda cuando lo necesito. Odio tener que esperar a que la evidencia de mi cara lo pida a gritos y alguien acuda.
Odio dar las gracias. Siento que debería poder, y mi yo no me lo permite. Odio el sentirme vulnerable, odio sentirme desnuda.
Odio pedir perdón. Cuando las circunstancias se retuercen hasta el punto de ser incrontrolables, la vida se te va de las manos y dejas de ser consciente de las vidas ajenas, olvidándote de lo esencial.
Las realidades se me remueven por dentro y hacen que me maree, siempre acabo perdiendo el control.

Me odio por ello, odio hacer lo que me apetece, pero es lo que más me gusta.
Lo que más rabia te de, es a lo que más amor tienes.
Quiero dejar de odiar, pero no puedo, es mi alter ego. Mi lado radical estaba latente, dormido, no apagado.
Mi mitad ha resurgido. Vuelvo a ser yo, en equilibrio.



La vida es subir y bajar, correr y parar a respirar, asfixiarnos y tomar impulso.
Todo depende del momento y las circunstancias. O no. Todo depende de como nuestros sentidos asimilen la realidad.

Bocanadas de aire para los pulmones.
Necesitamos meter nuestros pies en el barro y lavarlos en el río de la vida
para limpiar nuestras cabezas.

Cascadas que arrancan lo de más adentro. Cascadas que purifican.
Ser, estar, sentir, aterrizar... solo para coger fuerza y salir volando de nuevo.

Buscando el equilibrio. 




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