sábado, 13 de abril de 2013

Mandalas.


"Quisiera ser palmera enfrente del mar, y que mi trabajo fuera estar y no pensar en respirar si quiera." - Kase-o. 

Me gusta saber que sigo mi camino, que todo está en proceso, que todo llega cuando tiene que llegar.

Las personas, como las plantas, crecen gracias a sus raíces y a la tierra que les rodea.
Las ramas se elevan y buscan su hueco en el mundo.
Cuando tus ramas se pierden y no encuentran su lugar, dejas de crecer como árbol para  estancarte en el suelo cual arbusto.

Cuando el vuelo es a ras de suelo, llegas a hacer chocar tu libertad contra la de otros. Todos contra todos.

Que en la vida hay que crecer, con el sol de cada día y las noches en las que se sueña, pero no se olvida. Que la libertad expandida en una sola dimensión, es la que nos oprime el pecho.
Sin remos ni dirección, dejando que el barco siga su rumbo. Que nadie me espera, prefiero ir donde me lleve el viento.

Que si nuestro lado animal se pierde en lo emocional es porque el instinto no se libera y entramos en contradicción con nuestro espíritu aventurero.
Liberar el cuerpo para que la mente abra paso a los sentidos en su plenitud.
Caminos que explorar, infinidad de posibles realidades a las que nos empeñamos en poner cerrojos, candados, cadenas… Nuestra ansia se ve anclada a la dimensión espacio-temporal.

Hay que volar. Dejarse llevar, suena demasiado bien.
Porque que no hay victoria sin luchar, y no existe guerra alguna, más grande que la que se libra en nuestro interior.
Los sentimientos van de dentro hacía fuera, incluido el odio.
Quiero seguir batallando contra mis adentros, quiero ganar y sentirme libre.
Intentar respirar en lugar de que el aire en los pulmones me asfixie.

Solamente necesito comprender, para así entenderme. Pero me asusta perder el control.
No quiero seguir ahogándome en un vaso vacío. No quiero que mis pies se vean atrapados en las marismas de mi cabeza, pudiendo pasear por el verde de la vida.

Necesito reventar los barrotes y huir, para poder fluir, para volver, o no.
Sin rumbo, perdiendo el norte, encontrándome en las veredas. Corriendo por los senderos de los días, utilizando las ramas para subir a lo más alto.
Para poder ver lo que me rodea desde las alturas, con una perspectiva más abierta. Donde el horizonte no sea un límite, donde la imaginación y las emociones se evaporen por cada poro de la piel. Donde el respirar no sea forzado por la supervivencia.
Donde la vida deje de colgarse a peso muerto sobre mi espalda.
El tic tac puede convertirse en el big bang, y todo se torna difuso. Todo se revuelve en el estomago y las horas me marean.
Dejar de sentirme encerrada en esta cárcel mental a punto de explotar.

“War is peace, freedom is slavery, ignorance is a strenght” – G. Orwell.

Quisiera ser, quisiera estar, quisiera sentirme libre. Sin miedos.
Quebrando inseguridades, rompiendo las corazas que se enroscan en mis cuerdas vocales. Quisiera hacer explotar mi cabeza para que se airearan mis ideas. Quisiera olvidar la tensión, olvidar el reloj, olvidarme de mí. Olvidar quien soy, para reinventarme.

Conocerme mejor, para anclar mis raíces y dejar que la elevación de mis ramas siga su curso.

Para que mi yo deje de tener esto nudos en el cuerpo y en la mente, para que todo acabe estando en su sitio y forme su propia combinación, ni mejor ni peor, en su justa medida, en su justo color.


Foto: Mandala pintado por Isabel Bedson.

Porque, al fin y al cabo, si nos tomáramos la vida como un juego, dejando que los colores se colocaran por si solos en nuestro mandala diario, todo sería mucho más sencillo.



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